¡Es la estupidez, estúpido!


| Miguel Sánchez-Romero Guerrero |

Los politólogos no lo dicen, pero en las presentes circunstancias si un político es capaz de organizar la estupidez y hacerla servir a sus intereses se convierte en invencible. Tal es la relevancia que esa condición del intelecto humano, en la que todos podemos caer en algún momento, tiene actualmente en la vida pública.

Una relevancia que tiene su origen no solo en lo mucho que abundan los estúpidos sino también en el tesón con que se empeñan en serlo. Ambas cualidades, abundancia y empeño, están presentes en las Leyes fundamentales de la estupidez humana que estableció el economista italiano Carlo Cipolla. Entre ellas figura también que la estupidez es transversal. No hay estamento, oficio o dedicación en que no esté presente.

Aplicar las enseñas de Cipolla al terreno de los posicionamientos ideológicos, sean políticos o no, nos lleva a constatar otra verdad consecuente: no hay causa, por muy loable que sea, que esté libre de que un estúpido la defienda apasionadamente perjudicándola con su fervor. Por ejemplo, nadie puede negar que salvar a los linces de la extinción es un idea loable, pero ¿a quién, después de leer la defensa que de ellos hacía en Facebook algún “animalista-vegano-amantedelosgatos-ecofeminista-serdeluz”  no le ha apetecido zamparse uno a la plancha? Sé que hablo en nombre de los linces cuando afirmo que, si alguna vez dominaran el mundo, lo primero que harían es comerse a muchos de sus propios defensores.

Estadísticamente, en el ámbito exclusivamente político, el porcentaje de estúpidos es similar en todas las formaciones y esa proporcionalidad se extiende igualmente al ámbito de los votantes de cada una de ellas.

Ellos no lo saben pero entre un verdadero estúpido de derechas y un auténtico estúpido de izquierdas las diferencias son mínimas. En realidad son dos coches que circulan en dirección contraria a velocidad excesiva, pero salvo esa cuestión, el sentido en que circulan, pocas cosas más les diferencian: comparten el estrepitoso rugir del motor, la rapidez con que se desplazan, el frecuente desdén por las reglas de tráfico y su disposición a saltarse aquellas que crean conveniente si eso contribuye a acelerar la llegada a su destino. La democracia es una inmensa autovía para que podamos circular una mayoría de ciudadanos e, independientemente de la dirección en que lo hagamos, los choques frontales con perjuicios físicos sean una excepción. Twitter son los coches de choque.

Desgraciadamente, la conquista del poder por parte de la altright, que es la intención de este blog, es una empresa de una envergadura tal que los estúpidos de derechas no son suficientes, necesitamos también a los estúpidos de izquierdas, sin descartar la necesaria contribución de los estúpidos de centro que, en la mayoría de los casos, no son más que estúpidos de derechas (en ocasiones también de izquierdas) con un problema de timidez.

Es urgente, pues, no solo fomentar la estupidez, promoverla, señalar sus aciertos y aplaudir sus logros, sino también organizarla hasta conseguir su unificación en un solo cuerpo social -por qué no un partido- para, una vez definitivamente empoderada, llevarla al gobierno y ponerla en manos de un gestor que mediante su conveniente administración distribuya entre la población la enorme felicidad que provoca. El alegre alborozo de los botellones en plena pandemia es una buena muestra de que la inteligencia es una pesada carga con la que hay que acabar cuanto antes.

El ejemplo anterior pudiera llevar a equívoco. Los estúpidos no son siempre una masa pedestre e indocumentada. La estupidez a veces toma forma en ilustres personajes como Slavoj Zizek, filósofo, sociólogo y psicoanalista esloveno, director internacional del Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres y habitual referente ideológico de la izquierda que, preguntado antes de las elecciones norteamericanas de 2016 por quién votaría afirmaba en una pirueta teórica decantarse por Trump porque, aunque Trump le horrorizaba, Hillary era el gran peligro. ¿No es un maravilloso ejemplo de lo que es ser estúpidamente de izquierda?

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