La monarquía, mal; la república, peor


Buenas noticias: cada vez que Rufián habla del rey, un gatito republicano se convierte en monárquico. Lo cual no debe hacernos ignorar que la monarquía vive un momento delicado. Por una parte, la izquierda insensible no perdona que el rey emérito haya sido toda su vida un activo practicante del poliamor.  Porque ese es el único delito que puede atribuírsele a Don Juan Carlos: amar demasiado. ¡Y bien que lo han pagado sus caderas!

Por otra, la derecha, que presume constantemente de defender la causa monárquica, no duda en desgastarla arrastrándola al fango del debate público porque considera que hacerlo puede darle algún rédito electoral. Me duele por la monarquía, pero como miembro exaltado -¿hay alguna otra forma de serlo?- de la altright que soy, tengo que admirarlos.

Afortunadamente, para paliar el daño que le infligimos, la monarquía cuenta con el favor que le hacen algunos republicanos. De todos ellos, posiblemente sea Gabriel Rufián el que más apoyos genere a Felipe VI. Si los discursos de Aznar -ese hombre, ese líder, ese bigote de Schrödinger- eran definidos como una fábrica de independentistas, los exabruptos de Rufián son una factoría de nacionalistas españoles. Lo cual no ayuda precisamente a la causa republicana, pero quién dijo que Rufián estuviera en política para ayudar.

Hace unos días, el diputado fofisano de Esquerra, afirmó en el Congreso que al rey solo lo había votado Franco. Lo hizo, naturalmente, mostrando una foto de Franco. El escaño de Rufián es un bazar desde donde, tal vez para llenar el vacío de sus discursos, se dirige a sus señorías siempre en compañía de algún atrezo, ya sea la citada foto, unas esposas para espetar a Rajoy que quiere verlo con ellas puestas o una impresora para afear al gobierno que requise papeletas electorales del 11-O. No dice mucho en favor de un adulto el que para poder mencionar un objeto tenga que llevarlo en la mano.

Normalmente, a partir de los dos años el ser humano ya es capaz de pronunciar palabras sin necesitar el estímulo de una referencia visual para hacerlo. No es el caso de Rufián, de quien los pediatras esperaban que esta legislatura alcanzara ya progresos como para poder referirse a alguien sin necesidad de hacer uso de su foto. Esa lentitud en los avances cognitivos está lastrando su carrera política. Hasta que no aprenda a nombrar cosas sin necesidad de llevarlas encima no conseguirá ser, por poner un ejemplo, ministro de obras públicas. No puedes llevar un puente a una reunión para decir que vas a construirlo.

Con ese percentil de desarrollo político es absurdo pretender que Rufián conozca que el referéndum de 1978 en el que se validó la monarquía parlamentaria como forma constitucional del estado fue votado afirmativamente por un 85,5 por ciento de los españoles. En Cataluña el apoyo al “sí” superó el 90%, porcentaje incluso superior al que logró el voto afirmativo en Madrid. Es verdad que, estrictamente, la consulta no era un referéndum sobre la monarquía como el que en 1974 dejó sin trabajo en Grecia al hermano de la reina emérita (espero de los comicastros de izquierda que puedan leer este blog algo más elevado que preguntarse en qué se diferencia un rey sin trabajo de un rey a secas).

Una consulta como la griega es la que muchos republicanos españoles aspiran poder llevar a cabo en su momento. Por muchas razones este no parece el adecuado: pandemia global, crisis económica, el temita de Mainat…  Pero, sobre todo, lo que los republicanos no adscritos a la izquierda quilapayún consideran más contrario a sus intereses de la situación política actual es la presencia activa en ella de Rufián -y algunos otros- que hacen que la república que promueven tenga una pinta tan poco apetecible como la fruta ecológica.

En su intervención también dijo Rufián que Felipe VI es el diputado número 53 de VOX. No lo sé, pero apostaría uno de mis tres todoterrenos a que, si sumamos la motivación que provoca en la derecha y el desánimo que produce en la izquierda, Rufián equivale al 54 y el 55.

¡Quiera Dios, y su algoritmo, que no se jubile nunca!

 

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