La señal

Durante años fui prisionero de una obsesiva manía estadística: la de comprobar en cualquier reunión que albergara a más de quince personas cuántas de ellas habían hecho el servicio militar. Mi intención era descartar una sospecha que, a medida que repetía la pregunta, se iba afianzando: yo era de los pocos tontos en España que, junto al Malaguita, Espinete y Selu “El loco”, por mencionar sólo algunos camaradas de armas, habíamos ido a la mili.

¿No era ciertamente sospechoso que, aparte de ese manojo de auténticos patriotas, a la mayoría de los que oía hablar de la patria les faltaba el requisito de haberla servido en armas? El propio Santiago Abascal tras pedir tres prórrogas, finalmente se libró de hacerlo. Que alguien que afirma querer tanto a España pida prórrogas para ir a la mili es como proclamarse heterosexual y hacer la cobra a Scarlett Johansson. Y que al final se librara es como si, además, te acuestas con su novio.

Pero un buen día llegó la señal: VOX hizo pública la lista de sus candidatos al congreso por la provincia de Cádiz. La encabezaba el general retirado de Infantería de Marina Agustín Rosety Fernández de Castro. Rosety tiene un extenso currículo, es diplomado de Estado Mayor, diplomado de Operaciones Especiales, especialista en Artillería, cazador paracaidista y un montón de cosas más que no hacen exagerado afirmar que podría ganar una guerra él solo.

Yo, por mi parte, hice la mili en Infantería de Marina. Tras un periodo de instrucción en Cartagena fui destinado al Tercio de Armada, en San Fernando, Cádiz, donde serví a España como escribiente de la Sección Táctica de la Compañía de Plana Mayor y Servicios del Batallón de Artillería. En las múltiples tareas que comprendían mi glorioso cometido -mecanografiado de informes, oficios, peticiones de dietas- tecleé el nombre del ahora general, en aquel tiempo capitán de la Tercera Compañía de Obuses del citado Batallón, y coincidí con él en numerosas ocasiones, además de en las instalaciones donde desempeñaba mi labor, en desfiles y maniobras.

El capitán Rosety tenía entonces treinta y cinco años, un espeso bigote, una incipiente alopecia y, aún así, planta de galán de Hollywood. Se le notaba a leguas que había nacido para militar en la misma medida en que a mí podía notárseme que había nacido para escribiente.

Si alguien en el cuartel hubiera organizado un concurso para comprobar a qué oficial le quedaba mejor el uniforme, el jurado, unánimemente, habría nombrado al Capitán Rosety ganador. Y posteriormente, como es natural, se habría arrestado a sus miembros por homosexualidad manifiesta.

Así que, de repente, tras muchos años de infructuosa búsqueda, descubrí a alguien que no sólo había hecho la mili sino con quien había coincidido durante el año y medio que estuve en el ejército. Aunque en su momento no supe verlo, es evidente que se trataba de una señal que, en cierto modo, predestinaba mi rumbo ideológico como lo hubiera sido, no sé… que Selu “el Loco” hubiera llegado a secretario general del PSOE (no descarto que esté ocurriendo).

Pero no se equivoquen: el hecho de que mi epifanía esté ligada al General Rosety no me convierte automáticamente en partidario de VOX. Disiento de algunos de sus postulados y de muchas de sus actuaciones. Me parecen torpes, torpísimos, la mayoría de sus cuadros, empezando por su líder. Aunque reconozco en Abascal ciertas virtudes para la política como esa viril desfachatez con la que, tras haber crecido a los pechos del sistema, reniega hoy de su ama de cría, no es el hombre que España necesita.

Y esa es una de las misiones fundamentales a la que ha de encomendarse la altright española: la búsqueda y selección de nuestro Trump, nuestro Putin, nuestro Bolsonaro, nuestro Lukashenko. Alguien que atesore en un solo espíritu las virtudes de las que hoy nuestra clase política únicamente muestra, si acaso, retazos dispersos. Alguien que, como un nuevo Frankenstein diseñado por un pérfido Maquiavelo atesorara, por ejemplo, la capacidad de Sánchez para señalarnos el mal del que hay que huir y luego, sin atisbo de rubor, abrazarse a él cuando la realidad le confirma lo que la matemática electoral ya había predicho; la machacona insustancialidad de Arrimadas y la impúdica teatralidad con que la lleva a escena; la pasión fustigadora de Casado y la ejemplar seguridad y firmeza con que ordena a su partido dar bandazos; o el divismo de Pablo Iglesias, maravillosamente explícito en la afirmación “no soy un macho alfa”, que inauguró un nuevo paso evolutivo en la etología de los ritos masculinos: el macho que estira el cuello y avienta su plumaje para hacer saber a los demás que es un macho del montón.

Todas esas son virtudes que han de asistir al príncipe moderno, a ese héroe necesario, a ese déspota elegido que debe guiar hacia la gloria este hermoso país. Y mi cometido es ahora ayudar a encontrarlo, acompañar su camino proveyéndole de sustento teórico y guiarlo si los avatares de la política lo desviaran de la ruta. Para ello, cuento con el beneplácito de mi psiquiatra aunque dice que lo haga poco a poco y sin dejar la medicación.