Metamorfosis

En el vigésimo séptimo día del confinamiento comencé a sentirme mal. Por primera vez no pude asistir a la cita del aplauso de las ocho, convocatoria de un seguimiento marcial en mi bloque. Un vecino faltó un jueves y no sólo le dejamos de hablar, sino que se le penalizó con un cincuenta por ciento en la derrama del ascensor. Luego, cuando demostró que había estado acompañando a su mujer en el parto de su primer hijo, recapacitamos y se lo dejamos en un veinticinco. Pero seguimos sin hablarle.

Respecto a los síntomas, no eran propiamente físicos. Se trataba más bien de una especie de inquietud espiritual, una incomodidad interior, unas ganas como de rebelarme, de disentir sin saber muy bien de qué y, sobre todo, un gusto repentino por los tonos verde cacería. Al mismo tiempo, mis certezas ideológicas iban difuminándose y mis afectos políticos comenzaban a cambiar. Por ejemplo, cuando veía una tertulia tenía la impresión -nueva para mí- de que nada de lo que decía Jesús Cintora aportaba algo al debate. Y si entraba en Twitter, me invadía la sensación culpable de que James Rhodes era bastante cansino.

No quise llamar al 112 por no saturar las urgencias y recurrí a mi psiquiatra que durante el confinamiento me había hecho tarifa plana de Zoom. Me dijo que, en principio, no le parecía nada grave. Tal vez un brote pasajero del Síndrome de Montaigne, una clarividencia transitoria que en breve remitiría. Aún así, me aumentó la dosis de Tranxilium y me dijo que le avisara sin en algún momento sentía el impulso de comprarme ropa de Tommy Hilfiger.

Ocurrió dos días después. Unas bermudas camel y, además, un plumas sin mangas de Ralph Lauren, pero no se lo conté al psiquiatra hasta transcurrida una semana, cuando un rider de Glovo me trajo a casa unos zapatos Castellanos que no recordaba haber comprado. Su diagnóstico fue inapelable: me había convertido en una persona de derechas y, si fueran de una talla menos, las bermudas me quedarían mejor. Discutimos largo tiempo sobre el segundo asunto y finalmente lo convencí de que, en las bermudas, Tommy Hilfiger tiene un corte holgadito.

Pese a la sorpresa que me produjo el diagnóstico -durante años había sido un esbirro de la izquierda- lo cierto es que no me encontraba mal. En algunos aspectos mi vida incluso había mejorado. Cuando por fin pude abandonar la reclusión y acudir a un restaurante ya no me sentía un traidor si pedía gambas rojas de Denia. Ni las pelaba en el regazo, casi a escondidas para, a continuación, engullirlas rápidamente. Ahora las desnudaba sobre el plato, sin pudor alguno. Y, mientras me las llevaba a la boca, bromeaba susurrándoles “ven a mí, soy tu Open Arms”.

Reflexionando sobre lo ocurrido llegué a la conclusión de que, por muy radical que fuera el cambio, quizás se trataba de un proceso natural derivado de la obligada reclusión: entré en el confinamiento como un gusano progresista y me había convertido en una crisálida neoliberal.

Sé que no soy el único que ha sufrido una metamorfosis de este tipo. Ya pasó con San Pablo o Rosa Díez. En mi caso, además, estaba avisado. Aunque en su momento no supe o no quise interpretarla, tiempo atrás había recibido una señal.