Negacionistas, ¿quitarles el derecho de voto o conseguir que te voten a ti?


Cualquier analista político serio -y no los pelagatos que acuden a las tertulias mediáticas- sabe que esas son las dos únicas alternativas.  Sacarlos de su error no es una posibilidad. La psicología social ha demostrado que es más fácil hacer cambiar de opinión mediante argumentos lógicos y hechos contrastados a alguien desinformado -que carece de información- que a alguien mal informado -que cree tenerla, aunque sea errónea.

Pero quitar el derecho de voto a un colectivo es una cosa muy seria. No así otorgárselo, como pretendía Podemos rebajando a los dieciséis la edad para hacerlo. Medida que, de haberse adoptado, podría haber dado como resultado un ejecutivo presidido por Rosalía.

No podemos hurtar a un grupo de personas, por muy chalados que estén, el bien más preciado que la democracia concede a un individuo: la posibilidad de cargarse a un país eligiendo al gobierno equivocado. Jamás seré partidario de desposeer a nadie de ese derecho, del mismo modo que no lo soy de prohibir el uso de mecheros a los menores de cinco años. Descartada la primera opción, centrémonos en la segunda: cómo conseguir el voto negacionista.

No es fácil. Hay que penetrar la complicada psicología de un grupo social con motivaciones muy peculiares y una sensibilidad muy particular pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que, en sus cabezas, siempre son las cinco de la mañana de un sábado en el Amnesia.

Amantes como son de las teorías conspiratorias la Ley Antitabaco de Zapatero nos brinda la oportunidad de situar ahí la génesis del pérfido plan que nos ha conducido a la pandemia. Impidiendo fumar en sitios públicos, el estado totalitario acabó sobreprotegiendo nuestros pulmones, subvencionándolos con aire limpio y saludable y restándole, por tanto, la bravura que tenían cuando estaban expuestos a la nocividad de los ambientes contaminados de tabaco. Madrid Central y otras iniciativas similares para peatonalizar ciudades serían también parte de esa maléfica hoja de ruta cuyo objetivo era debilitar nuestro organismo haciéndole respirar aire sano.

De esta forma, un insignificante virus que hace unos años, ejercitados en la lucha diaria con la nicotina y las partículas diésel, ni siquiera nos hubiera hecho estornudar, hoy nos abate porque Papá Estado ha convertido nuestros pulmones en unos niños mimados que no pueden vivir sin su paguita de oxígeno.

Me estoy viniendo a arriba, me cago en todo. ¡Socialistas totalitarios, apartad vuestras sucias manos de nuestros alveolos! Nos gusta el olor a tabaco, nos gusta el aroma del diésel, somos yonquis de la polución. Los atascos son nuestros gimnasios, odiamos las casas rurales y las granjas escuelas donde adoctrináis a nuestros hijos enseñándoles que hay que respetar a las vaquitas en lugar de comérselas porque queréis convertirlos en veganos o, como yo los llamo, gais gastronómicos.

Y ahora, decidme: ¿qué negacionista en su sano juicio -precioso oxímoron- no compraría este discurso?

¿No sería inteligente por parte de la altright promoverlo y convertirse así en una apetitosa opción electoral para quienes creen que las vacunas contienen microchips o que la tierra es plana, (se ve que no conocen el asfaltado de la A-66 entre El Ronquillo y Santiponce)? Conseguir el voto negacionista tiene, además, un valor añadido: no consigues un votante sino un creyente.

Aunque los casos más llamativos de negacionismo tienen lugar en el ámbito científico-sanitario, la política no es ajena a su influencia. Solo que, en política, al negacionismo se le llama fidelidad. En realidad, un negacionista, es un hombre de partido pero sin partido. Una fuerza política que no podemos permitirnos desatender.

Valencia se sostuvo largo tiempo en manos de la derecha gracias a un voto negacionista que, en aquel caso, negaba la evidencia del latrocinio que estaban sufriendo las arcas públicas.  Del mismo modo, Vigo permanece en manos del PSOE por la negativa de los vigueses a admitir que Abel Caballero no es un alcalde sino el animador de un centro comercial. Y Cantabria se niega a reconocer que en lugar de presidente, tiene un charlatán comerciante de ultramarinos.

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