Réquiem por Donald Trump


Julio César ha vuelto a morir. En esta ocasión los puñales que han atravesado su cuerpo iban envueltos en boletas electorales de Pennsylvania. ¿Puede uno sentir lástima del -todavía- hombre más poderoso del mundo?  Si le has visto bailar, probablemente. Si hay algo bueno en la derrota de Trump, si algo positivo puede sacarse de esta debacle para la derecha alternativa que nos tiene desolados, es que la victoria podría haberle dado una razón para bailar de nuevo.

El empeño ruin en contar todas y cada una de las papeletas le ha hurtado la posibilidad de prolongar su mandato. “¡Dejad de contar votos!”, gritaban sus partidarios legítimamente indignados con la infinita ristra de tareas que imponen las reglas de la democracia: no solo la obligación de convocar elecciones cada cierto tiempo sino, encima, contar los votos emitidos. ¡Todos! Técnicamente, sería como seguir con el Sorteo de Navidad después de haber acabado de repartir los premios.

Esto nos pasa por no leer la letra pequeña del sufragio universal. Una cosa es permitir el voto de mujeres, negros o concursantes de realities y otra que, además, haya que tener en cuenta lo que han votado.

Es posible que Trump no vuelva a bailar en mucho tiempo si tenemos en cuenta lo que se le viene encima. En estos momentos, el aún presidente de los Estados Unidos está siendo objeto de más de una decena de investigaciones y demandas civiles que incrementarán su capacidad de perjudicarle cuando deje de estar asistido por el paraguas constitucional del cargo. Desde el desvío de dinero de su campaña para pagar por su silencio a Stormy Daniels, la actriz porno con la que presuntamente mantuvo relaciones -lo cual da muestras de la modestia de este hombre al pretender ocultar algo que cualquiera de nosotros se apresuraría a publicar en su estado de Facebook-, a presuntos delitos cometidos en la gestión de sus negocios antes de llegar a la presidencia. A nadie se le oculta que el verdadero objetivo de estas denuncias no es otro que hacernos creer que Trump, ni en la política ni en sus negocios, se manejaba de la manera escrupulosa que exige el estricto cumplimiento de la ley. ¿Alguien puede creerlo? Es como si te dicen que el rey Juan Carlos no es trigo limpio.

Se trata, a todas luces de una persecución política. ¿Cómo, si no, ha de entenderse que se le acuse de haber deducido gastos de empresa por importe de 70.000 dólares en peluquería? La imputación cae por su propio peso. ¿Setenta mil euros? ¿Solo? No hace falta ser el CEO de Pantene para saber que el mantenimiento de ese pelo cuesta más.

En esa cabellera, en ese peinado, en el desafío gravitatorio de ese flequillo, hay un importante trabajo de ingeniería. Quedó demostrado en febrero de 2018, cuando Trump se disponía a subir la escalinata de acceso al Air Force One y una inoportuna ráfaga de viento dejó al descubierto en la cabeza del rubio presidente una calva que iba del cogote a la coronilla y que hasta entonces había permanecido oculta. Algunos interpretaron la indiscreta ventisca como una venganza de la naturaleza por la inestimable ayuda que Trump estaba prestando al cambio climático; otros vieron en la imagen una oportunidad de humillarlo y reírse insensiblemente de su lucha contra los estragos de la calvicie o, como yo la llamo, la eutanasia de los pelirrojos.

Si el horizonte judicial de Trump no es halagüeño, el económico tampoco parece propicio. Además de los enormes gastos que supondrá la contratación de equipos jurídicos para su defensa en los juzgados, tiene también que hacer frente en el futuro inmediato a una serie vencimientos de préstamos cuyo desembolso total podría acercarse a los novecientos millones de dólares o, lo que es lo mismo, el equivalente a lo que costaría adquirir dieciocho mil hijos a parejas de famosos gais.

Pero las peores perspectivas a las que deberá hacer frente Donald Trump no tienen nada que ver con la justicia o los negocios. Es por el flanco sentimental por donde se aproximan las más siniestras nubes. Según informa ABC, Melania cuenta los minutos para divorciarse. La fuente es una ex asesora de la primera dama, Omarosa Manigault, que afirma también que si no se ha divorciado antes es porque Trump habría encontrado alguna forma de castigarla si lo hubiera dejado mientras estaba en el cargo. Una explicación que no resulta creíble: Trump estaba tan ocupado castigando -merecidamente- al resto del mundo que no hubiera tenido tiempo en su agenda para ningún castigo más.

La verdadera razón de la posible ruptura es que a Melania, la fría Melania, su marido, despojado de la púrpura de la presidencia, ya no le interesa. ¿Es posible sentir pena del -todavía- hombre más poderoso del mundo? Sí. Haber estado casado con Melania es lo más parecido a haberlo estado con un témpano. Peor, en un témpano estaría justificado que se negase a darte la mano en público como ha hecho la Frozen eslovena en multitud de ocasiones. Si se consuma el divorcio, será el tercero de un Trump que ha tenido mala suerte eligiendo esposas. La misma que la Pantoja eligiendo hijos.

 

 

 

 

 

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