Siete apuntes sobre el “Corinnagate”


| Miguel Sánchez-Romero Guerrero |

La foto.

La interesada filtración de una instantánea del rey emérito junto a un niño -Lecturas titula con calculada ambigüedad “Corinna saca a la luz la foto más personal del rey Juan Carlos junto a su hijo”- tiene claramente la intención de desprestigiar al monarca, que aparece en ella ante una barbacoa y dándoselas de moderno con una gorra puesta con la visera para atrás. Pero quien la haya filtrado ha calculado mal la jugada porque, según mis fuentes, a día de hoy, podría perfectamente reinar en el Bronx. El guiño del rey a los raperos ha sido muy bien acogido en un barrio donde, además, haber tenido problemas con la justicia está bien considerado. No descarto que ante una posible imputación, el monarca cambiara Abu Dabi por el Bronx y su defensa jugara la estrategia del racismo.

 

Lo que pretende ocultar esta campaña de acoso a la monarquía.

Que sin la aparición de Su Majestad en la tarde noche del 23F en las pantallas de televisión de toda España para hacernos saber que estaba con la democracia no habría tal democracia, es una verdad indubitable. Que si esa tarde noche el Rey hubiera quedado con la Corinna de turno es muy posible que no hubiera aparecido, es también bastante probable. Pero no podemos juzgar a nadie por lo que pudo hacer sino por lo que efectivamente hizo. En todo caso, no hay nada de malo en admitir que la democracia española pudiera deber su existencia a que una señora ese día tenía cosas que hacer.

 

Sobre la verosimilitud de la acusación.

Sorprende que ningún medio haya reparado en una circunstancia que desbarata las afirmación de que Don Juan Carlos, supuestamente, creó a través de un testaferro la fundación Zagatka  en Liechtenstein y otra de nombre Lucum en Panamá para, a través de ambas gestionar fondos opacos. ¿Es creíble tanta diligencia burocrática en alguien que en cuarenta años no ha sido capaz de arreglar los papeles del divorcio? Que los Borbones tienen alergia a las gestorías no es ninguna novedad. La infanta Elena y Jaime de Marichalar llevan casi trece años de “cese temporal de la convivencia”. Lo cual nos obliga a preguntarnos sobre qué entienden los Borbones por “temporal”. Es verdad que, desde un punto de vista universal del tiempo, trece años pueden no parecer mucho, pero desde el punto de vista de las relaciones de pareja, trece años separados sin aparente intención de volver a estar juntos se parecen sospechosamente a un divorcio. Sería interesante conocer cuánto, según la cronología borbónica, puede durar un ERTE.

 

La pregunta que nadie se hace.

La cuestión fundamental del affaire Juan Carlos-Corinna que nadie se plantea,  ya sea por falta de rigor analítico o, simplemente, por cobardía es: ¿la reina Sofía está en el mercado? Ser monárquicos no puede impedirnos reconocer que esa duda, que perjudica seriamente la vida sentimental de la reina, es el único error que en todo este asunto se le puede achacar a Don Juan Carlos.

 

La reacción del populacho.

Con una inquina cainita muy española, parte de la ciudadanía y el periodismo más vocinglero se han lanzado contra Don Juan Carlos recriminándole unos hechos que, de ser ciertos, se corresponderían exactamente con los quehaceres propios del cargo. No hace falta abrirse cuenta en LInkedin para entender que tener amante y sacar, presuntamente, suculentos beneficios de la ventajosa situación en que te encuentras es un rasgo profesional que abunda más en el gremio de reyes que entre el de higienistas dentales. Pero el populacho, a quien se le ha criticado su áspera reacción, cumple también con la función que tácitamente le atribuye el régimen monárquico: ser a veces ferviente partidario de la institución -por ejemplo, para rechazar la ilustración francesa en beneficio del oscurantismo español- o azote indignado de la misma en otras ocasiones. Nada nuevo bajo el sol.

 

El espíritu altright también anida en la izquierda.

Aún siendo, como soy, irreflexivamente partidario de la monarquía, reconozco en las prisas que se ha dado el ayuntamiento de Cádiz para remodelar el callejero y cambiar el nombre de la Avenida Rey Don Juan Carlos por Avenida de la Sanidad Pública gestos de esperanza para la implantación del espíritu altright que desde este blog pretendemos favorecer. A día de hoy, el Rey Juan Carlos ni siquiera está imputado pero Kichi ya ha dictado sentencia. Sabe, como sabemos los españoles de bien, que la justicia nada tiene que ver con los hechos. La justicia es una impresión, un presentimiento, una punzada en las tripas que convalida cinco años  de Derecho y las oposiciones de acceso a la carrera judicial. ¿Por qué esperar a lo que decida un largo proceso con sus pesadas herramientas garantistas que, eso sí, insistentemente y con toda razón reclamamos cuando el acusado es uno de los nuestros? Ese es el espíritu alright: el que habiendo tenido tres meses para reconocer un mérito a la sanidad pública  encuentra la oportunidad perfecta cuando ve que, además, puede hurtarle otro a alguien cuya cualidad más destacable para ser despojado de él no es la -posible- falta de atribuciones para merecerlo sino la abominable condición de no ser de los nuestros. Es la misma prisa que se dio Zoido cuando pocas horas después de tomar posesión de la alcaldía de Sevilla cambiaba el nombre de la calle que homenajeaba a Pilar Bardem y se la devolvía a una virgen, la sanidad pública de los católicos. Son estas coincidencias entre izquierda y derecha las que me animan a pensar que podremos entendernos, hay esperanzas.

 

 

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