Trump ya ha ganado


La cadena norteamericana de supermercados Wallmart ha retirado temporalmente de sus estanterías las existencias de armamento y munición por si, tras las elecciones, se produjeran revueltas. La medida tiene lugar en una sociedad acostumbrada a que cada año se produzcan, en todos los niveles de la administración, relevos como el que podría darse si Trump, Dios no lo quiera, llega a perder. Si eso no es transformar un país -aspiración máxima de todo político que preside uno- qué cosa podría serlo. El equivalente a lo que ha hecho Trump con el espíritu democrático en Estados Unidos sería lo que se hizo a sí misma Renée Zellweger.

Gane o no gane, el legado de Trump se extenderá en el tiempo por muchos años. No hay BOE capaz de derogar las ganas de medio nación de cargarse a la otra media. Sabemos por experiencia propia que solo una guerra civil puede apaciguar -por un tiempo, no eternamente- ese comprensible afán. En mi ideal de democracia, todo ciudadano debería tener derecho a participar en una guerra con sus paisanos o, como yo lo llamo, a debatir virilmente y sin moderador.

Los hippies que proclamaban “Haz el amor y no la guerra” reconocían, al contraponer los dos conceptos, que ambas son pulsiones instaladas en el ser humano desde el principio de los tiempos, y ahí siguen hasta hoy. Casi lo que dura un bloque publicitario en Antena 3.

La izquierda, postrada ante la ciencia, anima a enseñar en las escuelas que el hombre proviene del mono al que un proceso evolutivo convirtió en humano.  Los creacionistas no creemos que ese proceso se produjera de forma fortuita sino como una especie de encargo de Dios a la naturaleza, algo así como una subcontrata, tras un bloqueo de Yahvé con el diseño del ornitorrinco.

En cualquier caso, ¿cómo se puede pretender que vengamos del mono e ignorar las consecuencias de tal afirmación? ¿Qué es el mono sino un animal egoísta, lujurioso, violento y peligroso, además de improvisado educador sexual de los niños que visitan el zoo? ¿Qué hay de extraño, pues, en que, si venimos del mono, uno de ellos llegue al poder y lo ejerza de la misma forma que lo haría un primate?  Donald Trump es un espalda plateada y hay que entender su gobierno como el retorno a un estado de naturaleza. No podemos alabar a las tribus amazónicas, instar a su preservación, proteger su aislamiento, y quejarnos de los nobles esfuerzos de Trump por convertir Estados Unidos en una de ellas.

Trump ya ha ganado porque un gran número de estadounidenses ha sentido brotar en sus entrañas el grito de sus bestiales ancestros. Millones de simios estadounidense se yerguen estos días y golpean el pecho con sus puños anunciando su disposición a la batalla. Un gesto que hará que otros monos se sientan amenazados y se preparen también para la pelea. El periodista Enric González relataba hace poco en El País lo que podría ser la plasmación práctica de esta metáfora: “Tradicionalmente, la clientela de Johnson Firearms, y la de cualquier otro expendedor de armamento en Estados Unidos, estaba compuesta en su gran mayoría por hombres blancos de ideología conservadora. Se calcula que uno de cada dos miembros de dicha franja de población posee al menos una pistola o revólver. Esa gente, por tanto, ya tiene cubiertas las necesidades básicas. Con la ola de miedo que recorre el país, son los neófitos, los que carecen de experiencia y nunca se habían planteado la necesidad de defenderse a tiros, quienes hacen compras. Por si acaso”.

Confío en que los españoles aprendamos la lección. No hay vergüenza ninguna en ser un simio. Lo importante es saber que, puestos a serlo, mejor un orangután como Trump que un tití como Errejón. Dios bendiga a América, y haga que España siga sus pasos.

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